Hoy ya casi resulta imposible leer un artículo en la prensa que no se dedique a glosar las banalidades políticas de cada día, o a mariposear en torno a insustancialidades. Por eso me ha entusiasmado leer la antología de artículos Un dios no del todo cruel (Tantín Ediciones), que acaba de publicar Enrique Álvarez, colaborador asiduo de El Diario Montañés, llena de piezas iluminadoras, a menuda proféticas, que a la vez que discurren apasionadamente sobre esto, eso y aquello logran radiografiar las pacotillas de nuestra época, haciéndolas más inteligibles y dignas de lástima.

Entre todos los hallazgos que nos depara el libro me ha sobrecogido muy especialmente el diagnóstico feroz que Enrique Álvarez hace de la cultura contemporánea, que ve caminar hacia la inanidad, el agotamiento y la disgregación. Álvarez glosa en un artículo la proclama de un escritor sistémico e inane, que afirmaba orgullosamente que la inmortalidad (y, por ende, todo lo que es trascendente) había dejado de interesar como tema de inspiración literaria o artística. Pero ¿pueden interesar la verdadera literatura y el verdadero arte cuando ha dejado de interesar la inmortalidad? ¿Puede existir auténtico artista sin una inquietud por la dimensión trascendente del ser humano? Naturalmente, esta inquietud no debe confundirse con adhesión a tal o cual credo en concreto; ni siquiera con la afirmación de una vida sobrenatural. Pero -como nos enseñaba Unamuno- cuando nos deja de interesar la inmortalidad, cuando dejamos de creer en ella o al menos de desearla, el arte nos resulta prescindible. Podremos tener un ‘gusto estético’ pero será un gusto intrascendente y liviano, puro esteticismo esnob y sumisión a las modas, pura cáscara que se ha quedado sin meollo, para degenerar en diseño, fruslería, aspaviento y entretenimiento inane.

Y sin embargo este es el arte que hoy se exalta y promociona. En otro clarividente artículo, Enrique Álvarez se refiere a esos libros-basura que constantemente las grandes editoriales publican, dizque para emplear los beneficios que deparan en la publicación de libros auténticamente valiosos. Pero se trata de una engañifa miserable. Cuando las editoriales se dedican a publicar bazofias inevitablemente moldean un público cada vez más indigente, impermeable a cualquier libro que se niegue a halagarlo. Como afirma Enrique Álvarez, «los libros inútiles no son simplemente papel o paja, son mejillones-tigre que contaminan de forma grave el hábitat cultural» y condenan al ostracismo (y, con el tiempo, a la extinción) los libros nobles y valiosos. La persona que se deleita leyendo morralla seudohistórica, o esa abominable ‘narrativa del famoseo’ (¡ya no hay estrellita televisiva que no sea también novelista!) no sólo no acabará leyendo a Dostoievski, Cervantes o Proust; es que, con el tiempo, impedirá que se les edite. Y, con el tiempo, impedirá que los editores se dediquen a buscar al nuevo Proust, al nuevo Dostoievski, al nuevo Cervantes. Naturalmente, esta invasión de ‘mejillones-tigre’ que destierran y aniquilan las obras valiosas no sólo proliferan en la literatura: lo mismo ocurre en las demás artes.

Y, mientras proliferan estas especies invasoras, aumentan los llantos jeremíacos ante la agonía de muchas industrias y oficios culturales. Pero lo cierto es, como afirma Enrique Álvarez en otro artículo, que fueron las propias industrias y oficios culturales hoy amenazados de ruina o extinción quienes decretaron su propia muerte, envenenando las fuentes que mantenían encendida la llama de la curiosidad intelectual y la inquietud estética. Las nuevas tecnologías se han adueñado del alma de los hombres; pero lo cierto es que tales tecnologías, tan destructivas de la paz que exige el estudio y la hondura que postula el verdadero arte, son sobre todo atractivas para el hombre contemporáneo porque le aseguran una vida a lomos del progreso, una vida nerviosa y en constante cambio, una vida galvanizada por el progreso. ¿Y no era esta vida, precisamente esta vida, lo que siempre postularon nuestros intelectuales? ¿No fueron siempre nuestros intelectuales (¡e intelectualas!) los abanderados del progreso frente a las ataduras que representaban la tradición, la familia, la religión y demás tiranías feroces que impedían la liberación humana? Entre tales ataduras se escondían, sigilosos y discretos, el amor por la lectura, la vocación de estudio, la búsqueda de la belleza; rémoras del pasado que nuestra vida nerviosa ya no puede permitirse.

Siempre la moneda mala acaba desplazando de la circulación a la moneda buena, nos enseña la ley de Gresham. Y lo que vale para la moneda vale para la vida cultural.